Main El águila y el dragón: Desmesura europea y mundialización en el siglo XVI

El águila y el dragón: Desmesura europea y mundialización en el siglo XVI

El águila y el dragón. Desmesura europea y mundialización en el siglo xvi es una comparación histórica de la conquista de México y China de parte de los españoles y portugueses respectivamente. Mediante el análisis de formas de gobierno, infraestructura, geografía y sociedad, Gruzinski enfrenta a las dos civilizaciones que tuvieron contacto con la maquinaria expansionista de la península ibérica y mediante esta comparación muestra la reacción de cada civilización frente a ella. El autor analiza cómo el águila azteca se arrodilló y el dragón chino resistió ante los europeos y las implicaciones que tuvieron estas reacciones para una historia global del siglo xvi.
Year:
2018
Publisher:
Fondo de Cultura Economica
Language:
spanish
Pages:
366 / 347
ISBN 10:
6071657989
ISBN 13:
9786071657985
File:
PDF, 2.17 MB
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SERGE GRUZINSKI (Tourcoing, Francia, 1949) es archivista, paleógrafo e
historiador de renombre internacional. De sus estancias en Italia, España y México
han surgido hondas investigaciones sobre la colonización en diferentes partes del
mundo, especialmente de México y la reacción de sus habitantes originarios frente a la
conquista española, vertidos en los libros La colonización de lo imaginario.
Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglos XVI al XVIII
(FCE, 1991) y La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a “Blade Runner”
(1492-2019) (FCE, 1994). En conjunto con Carmen Bernard profundizó en sus
reflexiones acerca del continente americano en el libro De la idolatría. Una
arqueología de las ciencias religiosas (FCE, 1992) y en los volúmenes Historia del
Nuevo Mundo, tomo I: Del descubrimiento a la Conquista. La experiencia europea,
1492-1550 (FCE, 1996) y tomo II: Los mestizajes, 1550-1640 (FCE, 1999). Después
de explorar el destino de la capital mexicana en La ciudad de México: una historia
(FCE, 2004), emprendió una reflexión sobre las formas y los mecanismos del
mestizaje en La Penseé métisse (1999). Gruzinski es impulsor de los estudios de
historia comparada en los que se tratan las conexiones históricas que se formaron
durante la conquista ibérica a lo largo del mundo. Es investigador emérito del Centre
national de la recherche scientifique de la École des hautes études en sciences
sociales.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
EL ÁGUILA Y EL DRAGÓN

Traducción
Mario Zamudio
Revisión de la traducción
Fausto José Trejo

SERGE GRUZINSKI

El águila y el dragón
DESMESURA EUROPEA Y MUNDIALIZACIÓN EN EL
SIGLO XVI

Primera edición en francés, 2012
Primera edición en español, 2018
Primera edición en libro electrónico, 2018
© 2012, Librairie Artheme Fayard
Título original: L’Aigle et le Dragon. Démesure européenne
et mondialisation au XVIe siècle
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:
editorial@fondodeculturaeconom; ica.com
Tel. (55) 5227-4672
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se
incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos,
imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes
mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5798-5 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico

Hacia el oeste vaga la mirada.
RICHARD WAGNER,
Tristán e Isolda, I, 1

Para Agnès Fontaine

SUMARIO
Agradecimientos
Introducción
I.
II.
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
IX.
X.
XI.
XII.
XIII.
XIV.
XV.
XVI.
XVII.

Dos mundos tranquilos
La apertura al mundo
Como la tierra es redonda…
¿El salto a lo desconocido?
Libros y cartas del fin del mundo
¿Embajadas o conquistas?
El choque de las civilizaciones
El nombre de los otros
Una historia de cañones
¿Opacidad o transparencia?
Las ciudades más grandes del mundo
La hora del crimen
El lugar de los blancos
A cada cual su posguerra
Los secretos del Mar del Sur
La China en el horizonte
Cuando China despierte

Conclusión. Hacia una historia global del Renacimiento
Bibliografía
Índice

AGRADECIMIENTOS
Los miembros del seminario de historia que dirijo en la Escuela de Estudios
Superiores en Ciencias Sociales de Francia (École des hautes études en sciences
sociales) saben lo mucho que debemos a sus preguntas, sus comentarios y sus
críticas. No existe investigación histórica que pueda hacerse en el aislamiento y,
más que otras formas de historia, la historia global exige la confrontación de las
ideas, la unión de las competencias y el encuentro de investigadores venidos de
los cuatro rincones del globo. Carmen Bernand, Louise Bénat-Tachot,
Alessandra Russo, Alfonso Alfaro, Décio Guzmán, Boris Jeanne, Pedro Gomes,
Maria Matilde Benzoni, Oreste Ventrone, Roberto Valdovinos y Giuseppe
Marcocci, un puñado de investigadoras e investigadores en ciernes, sea cual
fuere su edad, no han cesado de aportar la energía, los horizontes y las
confrontaciones imprescindibles para la historia global. Con todo, aun cuando
una obra de historia no sea nunca una empresa solitaria, continúa siendo, antes
que nada, una aventura individual. La Escuela de Estudios Superiores en
Ciencias Sociales sigue siendo un lugar privilegiado donde se puede salir de los
senderos trillados, correr riesgos e imaginar lo que podría ser una disciplina que
se pusiese a la cabeza de las ciencias sociales, mostrando que ha aprendido a
franquear la barrera del tiempo y las civilizaciones. Agradezco también a Lizeth
Mora Castillo, Araceli Puanta Parra y Juan Carlos Rodríguez Aguilar, del equipo
editorial del FCE, y a todos los que de una u otra forma colaboraron en el cuidado
de la edición en español de este libro.

INTRODUCCIÓN
ANDRÓMACA: —¡La guerra de Troya no tendrá lugar, Casandra!
JEAN GIRAUDOUX, La guerre de Troie
n’aura pas lieu, I, 1

Algunos escritores de la primera mitad del siglo XX se internaron en los caminos
que nos han llevado de México a China. Hace mucho tiempo, la obra de Jean
Giraudoux nos sugirió un título, “La guerra de China no tendrá lugar”, que fue
necesario abandonar. Paul Claudel supo resucitar unos mundos que quizás
estamos en posición de comprender mejor actualmente. En las jornadas de Le
Soulier de satin (1929 [El zapato de raso]), dialogan unos seres venidos de los
cuatro rincones del mundo. “La escena de este drama es el mundo; más
concretamente, la España de finales del siglo XVI.” Al “comprimir los países y
las épocas”,1 Claudel no pretendía hacer una obra de historiador, sino
sumergirnos en los remolinos de la mundialización. Una mundialización que no
era ni la primera ni la última; una mundialización que se llevó a cabo
rápidamente en el transcurso del siglo XVI, siguiendo la estela de las
expediciones portuguesas y españolas. Como consecuencia, el águila azteca y el
dragón chino sufrieron los primeros efectos de la desmesura europea.
Esa mundialización fue un fenómeno diferente de la expansión europea. Esta
última movilizó una gran cantidad de recursos técnicos, financieros, espirituales
y humanos; respondió a decisiones políticas, a cálculos económicos y a
aspiraciones religiosas que se conjugaron, más o menos felizmente, para lanzar a
marineros, soldados, sacerdotes y comerciantes hacia todas las direcciones del
globo terráqueo, a zonas situadas a miles de kilómetros de la península ibérica.
La expansión ibérica provocó reacciones en cadena y, a menudo, incluso
choques que desestabilizaron sociedades enteras. Tal fue el caso de América.
Mientras tanto, en Asia, tropezó con algo más fuerte que ella, cuando no se
hundió en las ciénagas y las selvas de África. La imagen de un progreso

ineluctable de los europeos, ya sea que se exalten las virtudes heroicas y
civilizadoras de éstos o que se cubra de oprobio su empresa, es una ilusión de la
que es muy difícil deshacerse; proviene de una visión lineal y teleológica de la
historia que sigue adherida a la pluma del historiador y a los ojos de su lector.
Lo que es falso de la expansión ibérica lo es aún más de la mundialización,
que se puede definir como la proliferación de todo tipo de lazos entre unas
regiones del mundo que hasta entonces se ignoraban o se trataban desde muy
lejos. La que se despliega en el siglo XVI afecta a la vez a Europa, África, Asia y
el Nuevo Mundo, entre los que se establecen interacciones de una intensidad con
frecuencia sin precedentes. Un lienzo todavía frágil, lleno de agujeros inmensos,
siempre a punto de desgarrarse con el menor naufragio, pero indiferente a las
fronteras políticas y culturales, comienza a extenderse alrededor de todo el
planeta. ¿Quiénes son los protagonistas de esa mundialización? De buen o mal
grado, algunas poblaciones africanas, asiáticas y amerindias participan en ella,
pero los portugueses, los españoles y los italianos proporcionan lo esencial de la
energía religiosa, comercial e imperialista, al menos en esa época y durante un
buen siglo y medio. El servidor chino de Le Soulier de satin le espeta a Don
Rodrigue, virrey de las Indias: “Nos hemos enredado el uno con el otro y no hay
manera de zafarnos”.2
¿Qué es lo que perciben de ella los contemporáneos de la época? Con
frecuencia, su mirada es más penetrante que la de los historiadores que se han
sucedido para observarlos. Los hombres del siglo XVI, y no sólo los europeos,
captan la amplitud del movimiento al que se ven enfrentados y la mayor parte
del tiempo lo hacen desde el punto de vista religioso, a partir de perspectivas que
la misión les pone delante; pero la mundialización se perfila igualmente en el
espíritu de los que son sensibles a la aceleración de las comunicaciones entre las
diferentes partes del mundo, al descubrimiento de la infinita diversidad de
paisajes y pueblos, a las extraordinarias oportunidades de ganancia que aportan
las inversiones proyectadas hacia el otro extremo del globo terráqueo y al
crecimiento sin límites de los espacios conocidos y los riesgos confrontados.
Nada parece capaz de resistir a la curiosidad de los viajeros, aun cuando a
menudo éstos no vayan a ninguna parte sin la cooperación de sus guías y sus
pilotos indígenas.

Se puede atribuir el descubrimiento de América o la conquista de México a
personajes históricos como Cristóbal Colón o Hernán Cortés. La cuestión es
discutible, pero el procedimiento es demasiado cómodo. La distancia de los
siglos y, lastre aún más pesado, nuestra ignorancia se confabulan en favor de que
aceptemos esos atajos. La mundialización no tiene autor. Responde, a escala
planetaria, a los asaltos bruscos y violentos asestados por las iniciativas ibéricas;
mezcla historias múltiples cuyos derroteros entrechocan repentinamente,
precipitando desenlaces imprevistos y hasta entonces inconcebibles. La
mundialización no tiene nada de una maquinaria inexorable e irreversible que se
dirija a consumar un plan preconcebido para lograr la uniformización del globo
terráqueo.
Por consiguiente, sería falso creer que nuestra mundialización nació con la
caída del muro de Berlín; y sería igualmente ilusorio imaginar que es el árbol
gigantesco nacido de una semilla plantada en el siglo XVI por manos ibéricas. Sin
embargo, por varias razones, parece que nuestro tiempo está en deuda con esa
época lejana, si se acepta que la falta de filiación directa o de linealidad no
transforma el curso de la historia en una cascada de azares y acontecimientos sin
consecuencias. Es en el siglo XVI cuando la historia humana se integra en un
escenario que se identifica con el globo terráqueo; es entonces cuando las
conexiones entre las partes del mundo se aceleran: entre Europa y la región del
mar Caribe a partir de 1492, entre Lisboa y Cantón a partir de 1513, entre Sevilla
y México a partir de 1517, etc. Añádase a ello otra razón, que es el meollo de
este libro: con la mundialización ibérica, Europa, el Nuevo Mundo y China se
convierten en socios planetarios. China y Estados Unidos tienen un importante
protagonismo en la mundialización actual; pero ¿por qué y de dónde proviene el
hecho de que China y Estados Unidos se encuentren frente a frente en el tablero
terrestre? y, ¿por qué, hoy en día, Estados Unidos da muestras de sofocamiento,
mientras que China parece estar dispuesta a arrebatarle el primer lugar?
En una obra anterior, ¿Qué hora es allá?,3 nos interrogamos sobre la
naturaleza de los lazos que se tejieron a partir del siglo XVI entre el Nuevo
Mundo y el mundo musulmán. Esas regiones se enfrentaban entonces a los
primeros efectos de la expansión europea en el globo terráqueo. Cristóbal Colón
estaba persuadido de que su descubrimiento proporcionaría el oro con que los
cristianos habrían de recuperar Jerusalén y de aplastar el islam. Por su parte, el

Imperio otomano se inquietaba al ver un continente que, desconocido para el
Corán y los sabios del islam, estaba librado a la fe y la rapacidad de los
cristianos. No se podría abordar el tema de la mundialización, que ha hecho
progresivamente del globo terráqueo el escenario de una historia común, sin
tomar en consideración lo que ha estado en juego desde esa época entre las
tierras del islam, Europa y América. Pero ¿es suficiente? Si la incorporación de
una cuarta parte del mundo es el acta de nacimiento de la mundialización ibérica,
la irrupción de China en el horizonte europeo y en el americano constituye otra
convulsión. El hecho de que ésta haya sido contemporánea del descubrimiento
de México, con un puñado de años de diferencia, debió de haber atraído nuestra
atención más pronto, pero nuestra mirada, retenida durante mucho tiempo por
Mesoamérica, había olvidado que ésta no es el confín del mundo: es, como lo
repetían los antiguos mexicanos, su centro.
En el siglo XVI los ibéricos consideraron en dos ocasiones hacer la conquista
de China; pero su deseo no se hizo realidad jamás. Para parafrasear el título de la
célebre pieza de Jean Giraudoux: “La guerra de China no tendrá lugar”.
Después, a destiempo, algunos lo lamentarán, mientras que otros, nosotros entre
ellos, reflexionarán lo que nos han enseñado esas veleidades de conquista,
contemporáneas de la colonización de las Américas y de la exploración del
océano Pacífico. China, el océano Pacífico, el Nuevo Mundo y la Europa ibérica
son los protagonistas de una historia que surge de su encuentro y de su
enfrentamiento. Esta historia se resume en una fórmula simple: en ese mismo
siglo, los ibéricos fracasan en China y tienen éxito en América. Eso es lo que nos
descubre la historia global del siglo XVI, concebida como otra manera de
interpretar el Renacimiento, menos obstinadamente eurocentrista y,
verosímilmente, más en concordancia con nuestro tiempo.

I. DOS MUNDOS TRANQUILOS
Lo que me asusta de Asia es la imagen de nuestro futuro, anticipada por
ella. Con la América india, lo que tengo en mucho es el reflejo, incluso
allá, de una era en que el espacio estaba a la medida de su universo.
CLAUDE LÉVI-STRAUSS, Tristes trópicos

EN 1520 CARLOS V, Francisco I y Enrique VIII son los astros ascendentes de la
cristiandad latina. Carlos de Gante, regente de Castilla desde 1517 y sacro
emperador germánico a partir de 1520, nace con el siglo; Francisco I es rey de
Francia a partir de 1515, y Enrique VIII, de Inglaterra a partir de 1509.1 En
Portugal, el anciano Manuel el Afortunado todavía tiene fuerzas suficientes para
pasar por la vicaría con la hermana del rey Tudor y, frente a sus rivales francés e
inglés, junto con Carlos de Gante, alimenta ambiciones oceánicas que proyecten
sus reinos hacia otros mundos. En noviembre de 1519 un aventurero español,
Hernán Cortés, a la cabeza de una pequeña tropa de soldados de infantería y
miembros del cuerpo de caballería, hace su entrada en México. En mayo de 1520
una embajada portuguesa, de efectivos aún más modestos, penetra en Nanking;
en esta ciudad el embajador Tomé Pires es recibido por el emperador de China,
Zhengde.2 Ciertas fuentes coreanas señalan la presencia de portugueses en el
entorno imperial, donde, afirman, tienen a su disposición los servicios de un guía
y un intérprete, el mercader musulmán Khôjja Asan.3 En México y durante la
misma época Hernán Cortés se encuentra con Moctezuma, cabeza de la Triple
Alianza o, si se prefiere, el “emperador de los aztecas”.

LOS DOS EMPERADORES
Zhengde, primero. En Pekín, en junio de 1505, Zhu Houzhao sucede a su padre,
el emperador Hongzhi, con el nombre imperial de Zhengde. Habiendo ascendido
al trono a los 14 años de edad, el décimo emperador Ming desaparecería en

1521.4 Los cronistas hablaron mal de su reino; de creerles, Zhengde abandonó
los asuntos de Estado para entregarse a una vida de placer: prefería dedicarse a
viajar fuera de La Ciudad Prohibida, dejando que sus depredadores eunucos
amasaran fortunas.
En realidad, Zhengde también era un guerrero que se esforzaba por escapar a
la tutela de la alta administración para reanudar la tradición de apertura, por no
decir de cosmopolitismo, de la anterior dinastía mongola, los Yuan. Pasaba la
mayor parte del tiempo fuera de su palacio, pues gustaba de rodearse de monjes
tibetanos, clérigos musulmanes, artistas venidos de Asia central y
guardaespaldas yurchen y mongoles, cuando no frecuentaba las embajadas
extranjeras de paso por Pekín. Según parece, incluso prohibió la matanza de
cerdos para mejorar las relaciones con las potencias musulmanas del Asia
central. En 1518 y 1519 Zhengde encabeza personalmente unas campañas
militares en el norte en contra de los mongoles y, en el sur, en la provincia de
Jiangxi. En 1521 decide someter a un príncipe rebelde y lo hace ejecutar en
Tongzhóu. Su imagen no se ennoblece por ello; tal es al menos la impresión que
dejan las crónicas oficiales y las gacetas publicadas a su muerte, las cuales
coinciden en hacer de su reino una época de trastornos y decadencia (moshí).
Éxodo de campesinos hacia las minas y las ciudades, ascenso de los
advenedizos, debilitamiento de las tradiciones, “avasallamiento de las
costumbres locales a causa de los cambios”,5 acciones perpetradas por la
administración, malestar y agitación de la clase baja, auge del contrabando con
los japoneses: el balance que hace la historia oficial no es nada brillante; ello sin
contar las catástrofes naturales —la inundación y la hambruna de 1511—, que no
se duda en cargar a la cuenta de la crisis que golpea a la sociedad. Pero no a toda
la sociedad: al mismo tiempo, ya se han dejado de contar las fortunas nuevas, la
producción aumenta en todas partes y el comercio internacional es más próspero
que nunca.6
En 1520, durante el transcurso de una crisis de embriaguez, el amo de China
resbala de la barca imperial a las aguas del Gran Canal, la arteria principal que
une el norte con el sur del país. La fiebre o la neumonía que contrae después de
ese baño forzado se lo llevará al año siguiente, un 20 de abril, a la edad de 30
años. El agua glacial ha causado su muerte y, como es el elemento del dragón,
los cronistas piensan que los dragones son los responsables de su fin.7 Meses

antes, unas criaturas extrañas parecen haber trastornado la calma de las calles de
Pekín; atacaban a los transeúntes, a los que herían con sus garras. Recibían el
nombre de “aflicciones sombrías”.8 El ministerio de la Guerra se encargó de
imponer el orden y los rumores se disiparon. Zhengde, que siempre había
mostrado curiosidad por las cosas extranjeras, se encontró con los portugueses
de la embajada poco antes de su muerte; pero, en la mente de sus
contemporáneos y de sus sucesores, el episodio carece de importancia. No le ha
de valer el renombre póstumo y trágico que se atribuirá a la persona del tlatoani
de México-Tenochtitlan, Moctezuma Xocoyotzin. Kingdom and the Beauty, una
película rodada en 1959, en plena época comunista, no bastará para inmortalizar
las extravagancias de un soberano que se disfrazaba de hombre del pueblo para
dar rienda suelta a sus placeres.
De Moctezuma Xocoyotzin se saben muchas y pocas cosas. En su caso, el
tono cambia. El universo azteca nos es todavía menos familiar que el mundo
chino y se rodea de un velo que siempre será trágico. De Moctezuma
Xocoyotzin, los indios, los mestizos y los españoles nos dejaron retratos
distorsionados y contradictorios: había que encontrar, costare lo que costare, las
razones del hundimiento de los reinos indígenas o magnificar las proezas de la
conquista española.9 Nieto y sucesor de Ahuízotl (1486-1502), Moctezuma nace
hacia 1467. Es un hombre de edad y experiencia: ya ha doblado el cabo de la
cincuentena a la llegada de Hernán Cortés. Noveno tlatoani, reina de 1502 a
1520 sobre los mexicas de México-Tenochtitlan; también domina Texcoco y
Tlacopan, sus socios de la Triple Alianza —las “tres cabezas”—. La tradición
occidental lo hizo el emperador de los aztecas.
Los cronistas le atribuyen virtudes guerreras que se habrían manifestado
desde los comienzos de su reinado, aunque no parece haber recurrido a ellas en
contra de los conquistadores. Según suponen, habría reforzado su dominio sobre
las élites nobiliarias y reorganizado los grupos de poder, destituyendo a una parte
de los servidores de su antecesor; habría modificado el calendario (un gesto cuya
importancia se examinará más adelante) y conducido muchas campañas contra
los adversarios de la Triple Alianza, con un éxito moderado. El fracaso que
debió soportar en Tlaxcala (en 1515) demuestra que en verdad no era necesario
ser español, poseer caballos y contar con armas de fuego para hacerle frente.
Como su colega chino, el emperador Zhengde, mantenía una jaula repleta de

animales exóticos; y, también como él, apreciaba a las mujeres. El cronista
Bernal Díaz del Castillo confirma que “no cometía sodomía”, pues los españoles
siempre tenían necesidad de sentirse tranquilos a ese respecto. Moctezuma
pereció ejecutado por los indios o por los españoles. En las historias redactadas
después de su muerte su reino está henchido de malos presagios que los
“sacerdotes de los ídolos” habrían sido incapaces de descifrar y que
posteriormente se asociarían a la conquista española. Su lamentable suerte
inspirará películas y óperas;10 y le valdrá, a diferencia de lo ocurrido con
Zhengde, un lugar imperecedero en la historia occidental y en el imaginario
europeo.
Nada de común hay entre esos dos emperadores, a no ser porque los dos se
encuentran implicados en la misma historia. En noviembre de 1519 Moctezuma
recibe a los españoles en México; unos meses más tarde, Zhengde conoce a los
portugueses en Nanking. Pero antes de volver sobre esa coincidencia, unas
palabras sobre lo que representaban China y México en los albores del siglo XVI.

LA CHINA DE ZHENGDE Y EL MÉXICO DE MOCTEZUMA
En 1511 los portugueses toman Malaca y los españoles se apoderan de Cuba.
Ese mismo año, las flotas ibéricas se encuentran a poca distancia de dos
gigantescos icebergs, cuya cara emergida están a punto de descubrir. Durante
algunos años, China y México escaparán todavía al frenesí expansionista que
anima a las coronas ibéricas y a sus súbditos.
Las dos regiones nada tienen en común entonces, desde luego, salvo el
destino de ser las próximas en la lista de los descubrimientos… o de las
conquistas españolas y portuguesas; y, sobre todo, la particularidad —a los ojos
de nosotros, los europeos— de ser el fruto de historias milenarias que se han
desarrollado apartadas del mundo europeo mediterráneo. China y México han
seguido dos trayectorias extrañas tanto al monoteísmo judeocristiano como a la
herencia política, jurídica y filosófica de Grecia y Roma, sin por ello haber
vivido nunca replegados sobre sí mismos. Pero, a diferencia de las sociedades
amerindias que se han edificado sin relación de ningún tipo con el resto del
globo, entre el mundo chino y el Mediterráneo han existido contactos muy

antiguos (a través de la famosa ruta de la seda). Por consiguiente, no se debe
olvidar que China no ha cesado de establecer intercambios con una parte de
Eurasia, aun cuando sólo fuese para acoger el budismo hindú, dejándose penetrar
desde hace siglos por el islam o compartiendo una resistencia inmunitaria que,
en el momento del choque, hará cruelmente falta a los pueblos amerindios.
¿Qué son China y México en el decenio de 1510-1519? Mientras que China
es un verdadero imperio (aun cuando algunos hayan preferido hablar del mundo
chino),11 el México antiguo no tiene nada de un conjunto políticamente
unificado. Los arqueólogos dan preferencia a la idea, más vasta, de
Mesoamérica, ya que la idea de México remite a una realidad nacional surgida
en el siglo XIX, completamente anacrónica respecto a la época en que estamos
situados. Por lo demás, no se trata en este caso de comparar China y México,
sino de esbozar rápidamente un estado de las cosas en vísperas de la llegada de
los ibéricos, para encontrar claves que aclaren las reacciones de los chinos y los
mexicanos ante la intervención europea; en particular, en las esferas que resultan
cruciales cada vez que se produce un choque de civilizaciones: la capacidad para
desplazarse rápidamente por tierra y agua, el arte de acumular la información y
hacerla circular, el hábito de operar a escala continental e intercontinental, la
facultad de movilizar recursos materiales, humanos y militares ante lo
imprevisto y lo imprevisible, la propensión a imaginarse el mundo. Esas
competencias, en parte técnicas, en parte psicológicas e intelectuales, serán todas
factores de la expansión de los ibéricos: sin el capital, los navíos, los caballos,
las armas de fuego y la escritura no habría sido viable expansión lejana alguna,
con todo lo que implica el envío de hombres y material, de apoyo logístico, de
campañas de información y espionaje, de operaciones de extracción y transporte
de las riquezas y, algo que se olvida demasiado, de creación de una concienciamundo.
Toda recapitulación de los hechos deja siempre insatisfacción, y el ejercicio
nos sume todavía más en ese estado en el caso de Mesoamérica, porque, en el
terreno de la memoria, la China y el México antiguos no se parecen en nada; aun
cuando el aflujo repentino de españoles en su nueva conquista inspiró una
plétora de relaciones y descripciones, los tiempos prehispánicos siguen siendo
ampliamente opacos para nosotros, a pesar de los avances en ocasiones notables
de la arqueología. Los antiguos mexicanos no tenían escritura en el sentido

clásico de la palabra, los chinos escribían desde al menos 3 000 años antes; lo
cual significa que las fuentes chinas abundan, mientras que, del lado americano,
el historiador debe contentarse con testimonios europeos o con un puñado de
relatos indígenas y mestizos que la conmoción de la conquista y las restricciones
de la colonización han distorsionado sin remedio. Los mundos indígenas del
siglo XV se nos escaparán verosímilmente para siempre; el mundo chino todavía
nos habla, y nos hablará probablemente cada vez más.

ZHŌNGGUÓ
Zhōngguó, el “país del medio” o “reino del centro”… Frente al Nuevo Mundo y
al resto del mundo, la China imperial rompe marcas de antigüedad: el Imperio
chino se remonta al tercer milenio antes de la era cristiana con la dinastía Xia,
mientras que los imperios mexica e inca, para sólo hablar de los gigantes del
continente americano, totalizan apenas un siglo de existencia en el momento de
la conquista española. Tanto la continuidad como la antigüedad, el gigantismo de
China, sus recursos humanos —más de 100 millones, quizá 130 millones de
habitantes—12 y sus incalculables riquezas, habrían de ser descubiertas, con
estupefacción, por los ibéricos, quienes tendrían el placer innegable de oírse
contarlo antes de repetirlo al resto de Europa.
El Imperio chino es, ante todo, una colosal maquinaria administrativa y
judicial, echada a andar desde hace siglos, que controla al país por medio de una
nube de mandarines, eunucos, magistrados, inspectores, censores, jueces y jefes
militares, si bien es cierto que, salvo en el caso de las fronteras septentrionales y
de las costas, el ejército sólo tiene una función secundaria. La maquinaria se
renueva sobre la base de concursos de reclutamiento que garantizan la
continuidad del poder entre la corte de Pekín, las capitales de provincia y los
escalones más bajos del Imperio. Nada de nobleza guerrera ni de grandes
señores, sino una clase formada por los hidalgos (la gentry), proveedora de
letrados que, a fuerza de éxitos en los concursos y de apoyos familiares o
regionales, emprenden un ascenso a cuyo término un puñado, los más dotados y
los mejor apoyados, se encontrará en la capital imperial. Los 20 000 altos

funcionarios de la burocracia confuciana y los 100 000 eunucos pueden dar la
impresión, vistos desde Europa o México, de una administración numerosísima.
En realidad, la China del siglo XVI sigue siendo un monstruo con un
contingente muy insuficiente de funcionarios.13 Como en toda administración, la
corrupción inyecta aceite en los engranajes ahí donde el control imperial,
demasiado lejano, demasiado lento o demasiado esporádico, se muestra ineficaz;
alcanza las cimas más altas en las costas meridionales, que obtienen una gran
parte de su prosperidad del comercio con el extranjero, con el que los
portugueses tendrán una fructuosa experiencia. Nadie es perfecto: el
desbarajuste, las revueltas y el bandolerismo impiden idealizar la burocracia
celeste, pero se debe reconocer que en ese entonces es la única del planeta que
puede tener bajo control una población y unos espacios tan considerables. A esa
burocracia se enfrenta el poder del emperador: las libertades que éste se toma
con los rituales y las prácticas de la corte, sus veleidades militares, su curiosidad
por los mundos extranjeros y sus ambiciones universales les disgustan a los
letrados de la administración, apegados a otros valores.
Con todo, China es también un mundo de grandes mercaderes: cereales,
sedería, sal, té y porcelana. La saturación creciente del Gran Canal, eje esencial
del comercio entre el norte y el sur, es prueba de la intensidad de los
intercambios.14 Al final del siglo XVI los mercaderes refuerzan su posición frente
a los hidalgos, que ven con malos ojos a esos advenedizos: sus actividades
invasoras trastocan los principios de la moral confuciana, porque prefieren los
riesgos y los compromisos del mercado al mundo estable, ordenado y sano del
campo. Pero el modelo antiguo sigue estando todavía tan arraigado que se
impone a esas clases nuevas. Los mercaderes de Guizhou, grandes exportadores
de cereales y té y felices beneficiarios del monopolio de la sal, se esfuerzan por
mejorar su imagen aferrándose al universo de los letrados y los altos
funcionarios.15 Por su parte, los hidalgos casi no pueden resistirse a los
productos de lujo —porcelana antigua, plantas y frutos exóticos— que importan,
frecuentemente desde muy lejos, esos prósperos negociantes. La tentación es
tanto más fuerte cuanto que el hecho de coleccionar o consumir cosas raras y
preciosas siempre ha sido una necesidad entre los miembros de la aristocracia de
hidalgos. Se comprende que la curiosidad que despierten los extraños objetos

introducidos por los ibéricos influirá en el establecimiento de lazos con los
europeos y, por ende, en el contacto entre los mundos.
El comercio, el correo y las tropas se benefician de la red de caminos, del
sistema de postas y del conjunto de canales y puentes de una densidad y una
eficacia sorprendentes para la época; cuando se los compara con lo que ofrece la
Europa de ese tiempo. Caballos, andas y chalanas de fondo plano recorren el
país. La condición de los caminos y la cantidad de puentes —de piedra tallada o
flotantes— fascinarán a los visitantes europeos, que no podrán creer lo que
vean;16 y lo desarrollado de la agricultura los asombrará igualmente: campos en
los que se pierde la vista, ni un centímetro de tierra sin cultivar y miríadas de
campesinos trabajando laboriosamente en los arrozales.
El desarrollo de la agricultura y de las técnicas se beneficia del auge y la
difusión del libro impreso, particularmente notables a finales del siglo XV,
cuando la publicación ya ha llegado a ser una empresa muy lucrativa, y las
imprentas, como el taller Shendu, en la provincia de Fujian, transmiten la
imagen de un país dinámico y, en muchos ámbitos, más “adelantado” que la
Europa cristiana. Es el boom de la imprenta el que facilita la impresión y
reimpresión de obras modelo, el canon confuciano, textos normativos como el
Código Ming y las ordenanzas del mismo nombre, al igual que las historias
imperiales; éxito que se explica también por la difusión de la lectura. No se
puede evitar pensar en la irrupción de las obras impresas en la Europa del siglo
XV, con la excepción de que en China el texto impreso, “que permite abarcar el
mundo desde el lugar donde uno se encuentre”,17 no tiene nada de novedad ni de
conquista reciente y de que, desde hace siglos, se ha adaptado a una oralidad
todavía predominante. Esta revolución se remonta a un tiempo muy anterior al
de los chinos del siglo XVI. El escrito es la punta de lanza de una administración
imponente para la época, y alimenta una intensa reflexión filosófica, pero
también sirve a las mentes, en ocasiones contestatarias, que, desde lo profundo
de las provincias, expresan opiniones y reacciones ante las cosas del mundo. Las
gacetas florecen por todas partes, propagan las noticias, divulgan las técnicas y
los conocimientos, ponen en relación las diferentes regiones del Imperio y llevan
la cuenta de los vuelos de los dragones heraldos de catástrofes.
Hablar del “pensamiento chino” lleva invariablemente a generalidades que
distorsionan la diversidad de las corrientes y la originalidad de las innovaciones.

Desde los inicios del siglo XV, los candidatos a los exámenes tienen a su
disposición compilaciones de textos neoconfucianos, cuyo contenido se espera
que asimilen perfectamente. Esos escritos, como la Gran suma de los cuatro
libros, nutren un pensamiento ortodoxo heredado de los Song que, difundido a la
escala del Imperio, orientará la reflexión de los miembros de la burocracia hasta
los albores del siglo XX. No obstante, sería un error imaginar una esfera
intelectual exclusivamente aferrada al universo de los clásicos. La ortodoxia
confuciana se encuentra también con las influencias del budismo, se cruza con
tendencias quietistas que privilegian la experiencia interior del espíritu a
expensas de la vida exterior, soporta derivas heterodoxas introducidas por las
transformaciones sociales de la época. La cultura de los eruditos y la cultura
popular tienen lazos, como en todas partes, mientras que las corrientes
sincretistas mezclan confucianismo, taoísmo y budismo con la idea de que esas
tres enseñanzas son sólo una.18 Es la primacía acordada a la experiencia
espiritual sobre el corpus doctrinal lo que parece explicar esos fenómenos de
convergencia y la fluidez de las tradiciones religiosas.
Algunas figuras fascinantes se destacan en el horizonte intelectual. Wang
Yangming (1472-1529) es una de las más notables y su pensamiento domina el
siglo XVI chino: pone el acento en la intuición individual e insiste en el
predominio del espíritu, porque el espíritu es primero por ser la unidad: “El
espíritu del Santo concibe el Cielo-Tierra y a los diez mil seres como un solo
cuerpo. A sus ojos, todos los hombres del mundo —sin importar que sean
extranjeros o familiares, lejanos o próximos, siempre que tengan valor y aliento
— son sus hermanos, sus hijos”; por lo tanto, hay que “formar un cuerpo con los
diez mil seres”. Íntimamente convencido de que “conocimiento y acción son
sólo uno”, Wang Yangming predica asimismo la necesidad de un pensamiento
comprometido.19 Otras corrientes reaccionan a la ortodoxia confuciana buscando
la unidad del lado del qi (chi) y sosteniendo que no hay nada más en este mundo
que energía (Wang Tinxiang, que muere en 1547); incluso hacen su aparición
tendencias más radicales en torno a un personaje como Wang Gen (1483-1541),
fundador de la escuela de Taizhou, donde el estudioso se entrega a la libre
interpretación de los textos confucianos. Las tierras chinas no tienen gran cosa
que envidiar a la Europa de Erasmo y de Lutero.

ANÁHUAC
En chino, “China” puede decirse Hai nei: “Entre los [cuatro] mares”. En náhuatl,
la lengua de los aztecas y el centro de México, la tierra indiana se llama
Anáhuac, es decir, “Cerca del agua”. La idea de un continente rodeado de agua
se retoma en las expresiones cemanahua/cemanahuatl, “el mundo entero, el
mundo que va hasta su fin”, como si China y México se hubiesen puesto de
acuerdo. Uey atl, la “Gran agua”, que designa el océano y, también, a los
espectros,20 delimita el mundo emergido de los antiguos mexicanos; detrás de
sus muertos y de su muralla de agua infranqueable, el Anáhuac era otro mundo
tranquilo.
No por mucho tiempo. En 1517 los españoles que habían zarpado de Cuba
empiezan por bordear las costas del golfo de México. Desde sus naves,
descubren la tierra continental que los historiadores bautizaríamos con el nombre
de Mesoamérica y que entonces abriga un mosaico de pueblos con lenguas,
historias y culturas distintas. La región no tiene nada que envidiar a China en
antigüedad, pero sus lazos con el pasado son mucho más fragmentados. Para las
poblaciones que se aprestan a acoger a los españoles, la gran ciudad de
Teotihuacan, contemporánea del apogeo del Imperio romano, se pierde en las
brumas del olvido, y los recuerdos, según el lugar, ofrecen interpretaciones muy
diversas de un patrimonio común: maya en Yucatán, zapoteca y mixteca en la
región de Oaxaca, nahua en el valle de México. No sólo la inexistencia de la
escritura de tipo alfabético o ideográfico complica todo intento de orientación
histórica, sino que las poblaciones nahuas que llegaron a establecerse en el
altiplano a partir del siglo XII aportaron otros recuerdos, borrando en parte a las
que las habían precedido. Por eso, los mexicas hicieron todo por presentar la
fundación de México-Tenochtitlan como una fundación ex nihilo, a pesar de que
ya vivían otros grupos en el lugar.
A ello se añade una relación con lo que llamamos el tiempo que no tiene
nada que ver con la nuestra, porque recurre a recuerdos que producen el pasado
dando preferencia a los ciclos y las repeticiones sin descartar perspectivas más
lineales. Dos Moctezumas reinaron en México-Tenochtitlan, el primero a
mediados del siglo XV, y el otro en el momento de la invasión española.
Asombrosamente, la historia del segundo hace pensar en la del primero, como si

los historiadores se hubiesen dedicado a amplificar las analogías, en lugar de
despejar las particularidades. Dado que la memoria cíclica multiplica los efectos
de espejo y de duplicación, elude la reconstitución de los hechos a la que nos ha
acostumbrado la historia occidental; de ahí que la imagen del pasado tal como la
entendemos resulte irremediablemente enturbiada. A esa manera de pensar,
puede uno imaginarlo, le cuesta trabajo enfrentar lo imprevisto y lo impensable
en su singularidad absoluta, como será el caso de la irrupción de los ibéricos; por
el contrario, tenderá a reducirlos a modelos probados, sin disponer, como el
poder chino, de una experiencia milenaria de las relaciones con el extranjero: la
dinastía Ming no olvidaba jamás que se había construido con base en la
expulsión de los mongoles que habían invadido y sometido la China de los Song.
La diversidad que caracteriza a Mesoamérica se refleja en su fragmentación
política. En los comienzos del siglo XVI una coalición establecida en el centro del
país, la Triple Alianza, reúne bajo la égida de México-Tenochtitlan y de los
mexicas —los aztecas para nosotros— varias ciudades-Estado de cultura nahua
que dominan una gran parte del altiplano; pero los nahuas de la Triple Alianza
están lejos de ser los únicos que se reparten el espacio mesoamericano: los
purépechas al noroeste, los mixtecos y zapotecas en el sur, los totonacas en el
este, los otomíes y otros más con ellos resisten a la Triple Alianza, mientras que,
en la península de Yucatán, los herederos de las grandes sociedades mayas son
los primeros en entrar en contacto con los españoles. México-Tenochtitlan, la
capital de los aztecas, con entre 200 000 y 300 000 habitantes, es una de las
ciudades más pobladas del globo, pero no es la única en el altiplano: Texcoco,
Cholula, Tlaxcala y algunas otras son centros religiosos, políticos y económicos
cuya vitalidad sorprenderá a los invasores.
Mientras que China mantiene una colosal maquinaria administrativa que
opera sobre un territorio relativamente unificado, el Imperio azteca nada tiene de
imperio, salvo el nombre que le hemos dado. En gran medida, como se verá, es
una creación de Hernán Cortés y de la historiografía que se inspiró en ella. En
todas partes se exageraron las cosas para dar más lustre a la victoria española o
hacer más conmovedora la tragedia indiana. En realidad, México-Tenochtitlan y
sus aliadas imponen su autoridad a golpe de incursiones y expediciones
depredadoras que no siempre son exitosas. A falta de caminos y animales de tiro,
la extensión continua de su zona de influencia se paga con el debilitamiento del

control político y económico que la Triple Alianza está en condiciones de
ejercer.21 Dominar no significa desposeer sistemáticamente al adversario de su
poder, de sus recursos y de sus dioses, sino extraer tributo de él y exigirle
prendas de fidelidad; es decir, rehenes. Los vencedores no buscan transformar a
los vencidos, mientras que los chinos buscan desde hace mucho tiempo la
“sinización” de los grupos no pertenecientes a la etnia han y los ibéricos se
preparan para occidentalizar a los amerindios. Nada prueba que los mexicas
hayan elegido deliberadamente esa forma de imperio de poco costo, sin
ocupación en profundidad ni integración política; pero sí la han desarrollado con
el propósito de extraer de ella los máximos beneficios, pillando de improviso a la
mayoría de las poblaciones de la región, aliadas o enemigas. Los vencedores
españoles, por su parte, impondrán otras reglas del juego.
La administración “imperial” reposa fundamentalmente en los representantes
de la Triple Alianza reclutados de entre las filas de la nobleza, los calpixqueh,
encargados en cada región y en una cuarentena de capitales provinciales de
recaudar los tributos.22 Localmente, operan recaudadores, o tequitlahtoh, que a
su vez dependen de los calpixqueh de los escalones superiores. Una parte de los
tributos desemboca en México, mientras que el resto sirve para mantener las
guarniciones estacionadas en las provincias. Nada que ver con el enjambre de
mandarines, jueces, militares y agentes aduanales a los que se enfrentarán en
todas partes los portugueses.
En México los guerreros desempeñan una función muy importante y la
fuerza de su intervención constriñe regularmente a los otros señores a entregar
tributos y cautivos a la capital mexica y sus aliados. Es fácil imaginar que en ese
dominio los invasores españoles, que son ante todo gente de espada, se sentirán
menos desorientados que como se habrían sentido frente a las escuadras de
administradores letrados. Añádase a ello que el combatiente indio no es el
combatiente español: la ética nahua da preferencia al combate singular y la toma
de cautivos; e impone un individualismo enconado que mantiene un espíritu de
rivalidad frenética incluso cuando se está en el mayor de los peligros en el
campo de batalla. Al guerrero, y únicamente a él, corresponde encontrar la
manera de triunfar sobre su adversario y no olvidar que todo abandono es
sancionado con la muerte.23 La obsesión por la conservación del rango y por los
privilegios por ganar o conservar —que en ocasiones lleva al grado de hacer

trampa— prácticamente no favorece las operaciones colectivas, en las que la
coherencia del grupo se habría impuesto sobre la valentía de los individuos. La
mirada despiadada del otro, dispuesto a denunciar la infracción más trivial,24 si
acaso no fue exagerada por las fuentes coloniales, sugiere una rigidez en el seno
de las élites militares poco compatible con el surgimiento de situaciones
imprevistas.
Es cierto que esos bellos principios están lejos de ser aplicados al pie de la
letra: los enfrentamientos con los españoles revelarán inmediatamente a unos
indios mucho más libres de decidir sus movimientos y de elegir sus propias
tácticas. En primer lugar porque no existe un ejército fijo: México y sus aliados
reúnen contingentes de hombres que combaten de una manera más o menos
coordinada contra los pueblos en rebelión o los enemigos tradicionales. Ahora
bien, es sorprendente observar que estos últimos constituyen focos de insumisos
en el corazón mismo de la zona de influencia de la Triple Alianza, como es el
caso de los tlaxcaltecas. Esta particularidad se explica por los límites que toda
intervención alcanza rápidamente. El menor desplazamiento de tropas plantea
problemas de logística: no existe otro medio de locomoción que no sean las
piernas y, en todas partes, se encuentra el obstáculo de la aspereza del relieve. La
carga a lomo de hombre impone muchas restricciones: se requiere siempre al
menos un portador por soldado para que el material y los víveres puedan seguir
el avance del cuerpo expedicionario; por el peso de los hábitos y, también, por la
falta de caminos transitables, los tamemes sobrevivirán a la conquista española
hasta que las bestias de carga los reemplacen.
En las comarcas donde, a diferencia de China, los caminos, canales y ríos
son prácticamente inexistentes, la fuerza de disuasión que se moviliza para cada
guerra sigue siendo limitada y los medios de presión sobre los vencidos son muy
relativos. Nada que se asemeje a un lento proceso de integración de los pueblos
conquistados, sino llamamientos periódicos al orden, combinados con la
decapitación de las élites enemigas, sacrificadas sistemáticamente en los altares
de México-Tenochtitlan. En todo momento, la intrusión de un nuevo actor tiene
la capacidad para poner en tela de juicio la relación de fuerzas favorable a la
Triple Alianza y hacer vacilar la hegemonía mexica. Por consiguiente, ésta se
encuentra a merced de la exacerbación de los particularismos que hacen estragos
de un extremo a otro del altiplano: los tenochcas han humillado a sus vecinos

inmediatos de Tlatelolco y éstos les pagan con la misma moneda, los aliados de
Texcoco ven con malos ojos la soberbia de México-Tenochtitlan, los nahuas de
Tlaxcala se baten desde hace generaciones contra los del valle de México y los
purépechas de Michoacán impiden siempre que pueden el avance de la Triple
Alianza hacia el noroeste.25 Recientemente establecidos en el valle de México,
los mexicas tienen que hacer la guerra para imponer su legitimidad, superar el
resentimiento de sus aliados y oponerse a sus adversarios tradicionales o
potenciales.
Entonces, ¿“Imperio mexica” o castillo de naipes? Guardémonos de
proyectar con demasiada fuerza el destino destrozado de los mexicas sobre sus
últimos años de esplendor. Es posible que otras circunstancias hubieran
consolidado su posición y algún día, quién sabe, dar origen a un imperio digno
de ese nombre…
Paradójicamente, las mayores amenazas, reales o consideradas como tales, se
encuentran en pleno corazón del Imperio y no en las fronteras lejanas, para no
hablar de las costas. La ciudad de Tlaxcala, aproximadamente a 200 kilómetros
de México, opone resistencia a la coalición, mientras que ninguna potencia de
suficiente talla para rivalizar con la Triple Alianza se ha desarrollado al norte o
al sur de su zona de influencia. Menos aún hay flota enemiga alguna,
eventualidad que correspondía al orden de lo impensable para los antiguos
mexicanos, independientemente de su origen. Su concepción del mundo la
excluía: se imaginaban que la Tierra era un disco o un rectángulo, dividido en
cuatro partes rodeadas de un mar gigantesco, cuyos extremos se levantaban para
sostener la bóveda celeste. La defensa y el ataque mexicas han sido concebidos
para hacer frente a unos adversarios cercanos, no para rechazar a un extraño
surgido de las aguas marinas.
Como en China, nuestra categoría de religión, la distinción entre lo profano y
lo sagrado y la noción misma de la divinidad no hacen sino oscurecer las
creencias, los mitos y los ritos de los antiguos mexicanos. Los usos académicos
incitan a aplicar todos esos términos a unos comportamientos y formas de
conciencia que nos cuesta mucho trabajo comprender; y, por lo general, nos
impiden ponerlos en tela de juicio y explican el estancamiento de las
interpretaciones al que pocos autores escapan.26 Es en su relación con el tiempo
que las sociedades mesoamericanas intentan fundamentalmente dominar su

destino y generar el sentido que dan al mundo; un tiempo que, como cabe
repetirlo, es irreductible al nuestro.
Se requiere saber ganar tiempo para rechazar el fin del universo; y esa
tensión constantemente mantenida es lo que anima la práctica omnipresente del
sacrificio humano en un cumplimiento escrupuloso de los ritos fijados por el
calendario Tonalpohualli. No hay dogma, por supuesto, no más que en China, y
aún menos, ortodoxia. La inexistencia de textos canónicos, ya fuere en el sentido
chino, judeocristiano o musulmán, ¿explica la aparente inexistencia de derivas
religiosas y el silencio de las fuentes? ¿O bien la discreción de los informantes
indígenas nos disimula los debates que pudieron haber surgido en el seno de los
Calmecac, quizá menos sobre el fondo de las cosas que sobre la oportunidad de
los ritos, la preeminencia de tal o cual dios, la interpretación del calendario
adivinatorio y la exactitud de los cálculos destinados a garantizar su rectitud
absoluta? ¿No guardan los relatos y las interpretaciones contradictorias que
inspiran la figura del dios Quetzalcóatl la huella de disidencias dramáticas que
pudieron haber desembocado en la ruptura, el exilio o el suicidio? En todo caso,
las variantes que es posible observar en las tradiciones que han sido conservadas
hasta nuestros días revelan la diversidad de los puntos de vista; y nos enseñan
también que, por lo general, la expresión de los particularismos pasa por el culto
de un dios fundador que se opone a las divinidades de los alrededores.
La misma vaguedad se da en torno a las reglas de lo cotidiano. Una ética
despiadada parece haber regido las relaciones en el seno de la familia y el grupo,
pero la descripción a menudo admirativa que hacen de ellas los frailes españoles
plantea más de una interrogante: fascinados por la austeridad, por no decir el
rigor puritano de lo que todavía podían observar, preocupados por salvar algunos
jirones de la herencia de los vencidos, ¿no reinterpretaron las normas y los
comportamientos indígenas de tal manera que fuesen comprensibles, aceptables
e incluso compatibles con la nueva fe cristiana?27
Menos de un siglo más tarde, los jesuitas instalados en China idealizaron de
la misma manera las costumbres locales y se lanzaron a una empresa del mismo
género, con el propósito de separar el buen grano —la ética confuciana—, de la
cizaña, las creencias, las “supersticiones” del pueblo común y la “idolatría” de
los bonzos; pero los chinos supieron resistir a esa limpieza, mientras que los
indios de México no tuvieron esa opción: habrían de llegar a ser, no siempre a

pesar suyo, la primera cristiandad del continente americano. En todo caso, ya sea
en China o en México, los testimonios de los letrados de ambos imperios nos
espetan imágenes e ideales demasiado coherentes: no es fácil percibir lo que
realmente ocultan.

DOS UNIVERSOS DE PENSAMIENTO
Ahora bien, ¿se puede hablar de “letrados”, si el Anáhuac está habitado por
sociedades sin escritura o, más precisamente, sin escritura alfabética o
ideográfica, porque esos sistemas de pictografías combinados con el uso de un
soporte de corteza de amate o de piel sirven para consignar una vasta gama de
informaciones, en especial para elaborar esos calendarios cuya consulta tiene un
peso decisivo en la organización de la sociedad y en la manera como ésta hace
frente a la existencia en la tierra (el Tlalticpac)?
En ese caso, no se trata de representar algo: se extraen de lo visible y de lo
invisible unas parcelas que son organizadas y fijadas en colores sobre lo que
ahora llamamos impropiamente códices y los españoles llamaban “pinturas”. A
falta de textos escritos para copiarlos, meditar al respecto y glosarlos, se confiere
a la imagen una importancia excepcional en comparación con lo que la
cristiandad latina o la china conciben como tal. Pero esa imagen no funciona
conforme al modo de la representación, porque es del orden del ixiptla: a todas
las escalas, hace palpable y presente lo invisible, bajo la forma policroma de los
grandes códices, en la perspectiva monumental de la arquitectura o a través del
impacto multitudinario de las ostentaciones rituales que envuelven regularmente
a las grandes ciudades.
Del Gran Templo a las calzadas y los canales, la oleada periódica de los
dioses, los sacerdotes y los cautivos y la práctica rutinaria del sacrificio humano
—concebido como alimento y ofrenda para los dioses y, al mismo tiempo, como
pago de una deuda— ponen en movimiento las vidas y las riquezas acumuladas
antes de tragárselas para siempre jamás. El rito dramatiza el instante, acelera el
tiempo o lo aminora; en suma, manifiesta y anima a los ojos de todos los
fundamentos numinosos del mundo y su marcha implacable. Órganos humanos,
objetos preciosos, animales y plantas chocan entre sí o se superponen en juegos

incesantes de correspondencias entre los seres, las palabras y las cosas, en las
que trasparece la huella de lo divino y lo sagrado. El corazón humano arrancado
del pecho del sacrificado remite a la tuna de tonos violáceos, pero el fruto y el
corazón, a su vez, apuntan al sol rojo y naciente. Nada en ello de simbólico o
metafórico,28 nada tampoco de una palabra que se encierre en el hueco de las
páginas de un libro chino o europeo. Todo converge en suntuosas y costosas
puestas en escena que se repetirán mientras vivan los dioses. El concepto puesta
en escena es muy frívolo, y mito resulta un término demasiado literario. Estos
“mitos” conciernen experiencias físicas, colectivas y olfativas, como la
pestilencia de la carne y la sangre en descomposición, como las visiones de
carnicería humana en las sociedades donde no existe la carnicería de animales; o
también, como las escenas de embriaguez colectiva provocada bajo la influencia
del pulque, la savia fermentada del maguey y de las sustancias alucinógenas. Se
viven los mitos como inmersiones comunitarias en el inframundo de la muerte y
de lo sagrado, a la vez estructurantes y traumatizantes. Son mucho más que
bosquejos para ser recitados de memoria y cuya exégesis habría que buscar junto
al calor del hogar, con la pluma o el pincel en la mano.
Es difícil ir más lejos porque, si bien el pensamiento chino, por lejano que
nos parezca, no es indescifrable —a condición, por supuesto, de hacer el
esfuerzo—, el de los antiguos mexicanos será siempre inaccesible y el de los
sobrevivientes a la Conquista lleva irremediablemente el sello de la
colonización. Es verdad que son tantas las cosas que separan a nuestro universo
intelectual de China y de México que, extrañamente, esos dos mundos parecen
confundirse en el horizonte. ¿Es acaso porque cada uno representa una
alternativa y un desafío a nuestra manera habitual de pensar?
Ahora bien, ¿existe una verdadera correspondencia entre ellos? El Anáhuac y
Zhōngguó comparten, según parece, principios que no corresponden a los
nuestros: la idea de que no existe verdad absoluta y eterna, de que las
contradicciones no son irreductibles, porque son, más bien, alternativas, y de
que, en lugar de jugar con unos términos que se excluyen, los dos mundos
parecen dar preferencia a las oposiciones complementarias: el yin y el yang de
los chinos o el agua-fuego de los nahuas, atl-tlachinolli. El aliento omnipresente,
el qi (chi), influjo o energía vital, que anima al universo, a la vez espíritu y
materia en constante circulación, ¿podría tener como equivalente el tona

mexicano? ¿Se concibe el mundo a cada lado del océano Pacífico más como
“una red continua de relaciones entre el todo y las partes” que como la suma de
unidades independientes, dotada cada una de una esencia?29 ¿Es necesario
explicar algunas de esas semejanzas mediante sistemas de expresión que no
tienen nada que ver ni con la escritura alfabética ni con la fonética? ¿Se dirá de
cada ideograma chino, así como de cada pictografía india, que son “una cosa
entre las cosas”? En el dominio lingüístico, la inexistencia del verbo “ser” en las
formas clásicas de las dos lenguas no carece probablemente de consecuencias
para la reflexión y la configuración de la relación con el mundo.
Confesemos que, en ocasiones, tales semejanzas son seductoras; y, puesto
que es imposible tener acceso al pensamiento de los antiguos mexicanos sin
valerse del filtro europeo, ¿podría el modelo del pensamiento chino abrirnos
otros caminos? ¿Nos ayudaría, no a comprender, sino, simplemente, a acercarnos
un poco más a la irreductible singularidad del ixiptla de los indios? A menos
que, de tanto querer abrevar en esa reserva de pensamiento no occidental, no
caigamos en ilusiones ópticas debidas a las carencias de nuestra vista.

II. LA APERTURA AL MUNDO
LA HISTORIA de la expansión europea ha dividido al mundo desde hace mucho
tiempo entre invasores e invadidos. A la actividad y la curiosidad inagotables de
los europeos parece haberse opuesto la inercia de las sociedades locales,
replegadas sobre sí mismas y cerradas al mundo. China, a la que se imagina
dormida —“Cuando China despierte…”—, cerrada al exterior o agazapada tras
su Gran Muralla, ha padecido de esa imagen; en cuanto a la América india, su
aislamiento del planeta parece ser uno de los rasgos más sobresalientes.
Lo que es falso en el caso de China lo es también en el de América. Las
sociedades mesoamericanas nunca fueron sociedades aisladas unas de otras, y
mucho menos sociedades que se ignoraran entre sí. La historia de esa región se
compone de una sucesión de migraciones que enfrentaron y mezclaron sin cesar
a los diversos pueblos; los intercambios religiosos, políticos y artísticos desde la
época de Teotihuacan —y, verosímilmente, mucho antes— proliferaron por toda
Mesoamérica; además de esto, las frecuentes “guerras floridas” y las incursiones
en tierras lejanas suscitaron, de manera regular, confrontaciones entre los
pueblos.

EL MUNDO SEGÚN LOS POCHTECAS
A los contactos se añade un comercio de larga distancia que llevan a cabo los
pochtecas de la Triple Alianza, un grupo cuya autonomía es mal vista por los
guerreros y los príncipes. Habituados a viajar al extranjero, a visitar los señoríos
alejados, a hablar otras lenguas, siempre informados de lo que ocurre en otras
partes, capaces, si es necesario, de confundirse en un medio hostil adoptando la
vestimenta, la lengua y las costumbres de los otros, los pochtecas tienen con qué
inquietar a los guerreros de México-Tenochtitlan. Puede uno imaginarlos

dotados de una flexibilidad y una movilidad —para no hablar de
cosmopolitismo, porque el término sería anacrónico— de las que carecen estos
últimos; y sus lazos con su ciudad de origen no son nunca exclusivos: el
comercio de larga distancia unía los centros del altiplano con las provincias
septentrionales, con las costas del este y el oeste, con las regiones del golfo de
México (Veracruz y Tabasco) y con las de América del Centro (Chiapas, el
Soconusco y Guatemala), más lejanas. De allí otros caminos llevaban, a través
de una serie de más redes y postas, hasta Colombia, incluso hasta Ecuador.
Muchos, en consecuencia, no dudan en partir lejos, rodeándose de las
precauciones usuales, porque, no más que en los otros momentos de la vida, los
desplazamientos de los mercaderes, al igual que los de los conocedores de las
cosas ocultas o los de los peregrinos, no escapan a la influencia de los signos.
Los viajantes se obligan a respetar los días del calendario adivinatorio que llevan
consigo, en el cual se mezclan signos nahuas, mixtecos y mayas en
combinaciones sincréticas en las que aflora la fluidez de las tradiciones
religiosas y en las que se expresan las mezclas de ideas sobre las que todavía
estamos mal informados;1 porque, al igual que el gran comercio, las formas y las
ideas surcan Mesoamérica desde hace siglos e incluso milenios.
Con todo, la movilidad tropieza con toda suerte de obstáculos: no existen los
animales de tiro ni el uso de la rueda, aun cuando la arqueología revele que esta
última es conocida. Esos impedimentos, aunados a las barreras del relieve
montañoso y a la escasez de redes fluviales, complican y aminoran la circulación
de hombres y cosas, si se toma a China o Europa como puntos de comparación.
El transporte a hombros limita el peso y el volumen de la carga circulante, por
eficaz que sea a falta de verdaderos caminos. Los colonizadores españoles se
darán cuenta de ello y se precipitarán para explotar sin vergüenza esa solución
puramente humana. La falta de la rueda apunta a un pesado déficit en
comparación con China o Europa: los amerindios, que no conocen ni el vidrio ni
el acero, no poseen ningún tipo de ingenio para transportarse, defenderse (el
cañón, el arcabuz, la ballesta o la catapulta), producir (los telares o los molinos)
o comunicarse (la imprenta).
A principios del siglo XVI, la máquina todavía no representa una ventaja
incontenible para los europeos, pero ya los lanza irremediablemente por una vía
y mediante una concepción del mundo en las que los hombres comienzan a

depender cada vez más de los aparatos para su existencia, su supervivencia y su
éxito. La facultad de crear máquinas y saber servirse de ellas es, a la vez, un
poder y una modernidad, ya sean chinas o europeas. Los amerindios lo
descubrirán a sus propias expensas.

LAS FLOTAS DEL EMPERADOR
La China “medieval” no sólo no tiene nada del país cerrado e inmóvil que
nuestra ignorancia se complace en imaginar, sino que, en el siglo XV, se lanza a
una expansión marítima que la ha de llevar hasta las costas de África oriental.
Algún tiempo antes era la pieza maestra del dominio mongol que había llegado
hasta las planicies de Polonia y Hungría. El repliegue oficial dentro de las
fronteras del Imperio, después del abandono de las grandes expediciones
llevadas a cabo por el musulmán chino Zheng He, es relativo: por una parte,
porque una activa diáspora china puebla el Asia del sudeste;2 y, por otra, porque
la China de los Ming —la dinastía en el poder desde 1368— está lejos de haber
renunciado a su supremacía sobre esa parte del mundo. Las relaciones con el
Tíbet y los oasis del Asia central, los mongoles y los yurchen del norte, los
coreanos y los japoneses del este y el Asia del sudeste son prueba de la
inmensidad de las zonas de influencia y de la complejidad de las políticas que
aplica según el caso. La existencia de una administración encargada de los
contactos con el exterior, la curiosidad por los extranjeros, el conocimiento que
se tenía de ellos y la circulación de hombres y libros impiden hacer de China un
mundo encerrado a piedra y lodo detrás de sus líneas de fortificación.
Qué duda cabe, los contactos con el exterior y, por lo tanto, con un mundo
bárbaro e inferior desagradan a los letrados confucianos e inquietan a los altos
funcionarios. En 1436 el poder prohíbe la construcción de naves para alta mar;3
y, según parece, los archivos de las grandes expediciones marítimas fueron
destruidos aproximadamente 40 años más tarde, por lo que es necesario aguardar
hasta 1567 para que se abrogue el edicto con el que se proclama el “cierre de los
mares” (haijin).4 El comercio con el extranjero sólo es tolerado si se lo controla
estrictamente, y la marina imperial tiene la misión de perseguir las actividades
clandestinas, tanto en la costa de Fujian como en el resto del Imperio. Las

draconianas medidas están destinadas a desalentar toda operación con el
extranjero. El chino que se dedica al comercio de larga distancia, armado de
grandes juncos, no duda en correr riesgos, corrompe a los funcionarios de las
aduanas y termina por enriquecerse de manera desvergonzada, por lo que es mal
visto; sin embargo, nada frena la carrera en busca de beneficios ni el
contrabando en los primeros decenios del siglo XVI. La importación de clavo,
pimienta y madera de pino-abeto es tan rentable que los mercaderes chinos, cada
vez más numerosos y más emprendedores, libran una competencia
desenfrenada.5
Los portugueses desembarcarán en un imperio que vigila celosamente sus
fronteras, pero que no es impermeable al mundo exterior. Se comienza a apreciar
más su prodigiosa diversidad humana y a relativizar la imagen lisa y clásica que
los letrados han querido dar de ella para tomar en consideración a los eunucos,
las mujeres, las minorías étnicas y religiosas, los budistas y los musulmanes,
quienes alimentan otras visiones del mundo.6

LAS FRONTERAS DE LA CIVILIZACIÓN
China posee fronteras terrestres y marítimas.7 La Triple Alianza únicamente
tiene fronteras terrestres, porque el mar no la separa de ninguna otra sociedad
humana. En cambio, las dos potencias mantienen relaciones especiales con sus
llanuras y estepas septentrionales, territorios que recorren los pueblos nómadas.
En los dos casos, la oposición de los géneros de vida nutre entre los sedentarios
la idea de que son los únicos que poseen esa singularidad que nosotros llamamos
“civilización”. En China esa idea está ligada, desde los antiquísimos tiempos de
los Xia, los Shang y los Zhou, a una región, Zhōngguó o “reino del centro”,
situada entre “los brazos nutricios del río Amarillo”.8 Se tiene la opinión de que
Zhōngguó abriga a los portadores de wen, término que se traduce por “cultura” o
“civilización”; en consecuencia, quien vive fuera de Zhōngguó no podría ser
wen. En sus orígenes, wen difunde una fuerza que se impone por sí misma,
atrayendo irresistiblemente a los que carecen de ella; pero, en la época imperial,
llega a ser un modo de vida que se debe propagar por la fuerza en las tierras que
absorbe el “reino del centro”, Zhōngguó.

La historia de la China preimperial e imperial se articula en parte con las
invasiones venidas del norte, de las que la primera fue quizá la de los Zhou en el
segundo milenio antes de nuestra era.9 De ordinario, los invasores se estabilizan
al volverse sedentarios y adoptar las costumbres de los “civilizados”, como fue
el caso de los invasores mongoles que reinaron sobre China hasta 1368 y como
será el caso, siglos más tarde, de los manchúes, que derribarán a la dinastía
Ming.
En la historia de Mesoamérica también es posible encontrar las huellas de
una dinámica que empuja a la gente del norte a ir al sur a civilizarse. La frontera
entre la zona árida y la cultivable se desplaza al ritmo de las variaciones
climáticas, lo cual entraña movimientos totalmente incontrolables de
poblaciones.10 Los mexicas, como el resto de los nahuas, son los primeros en
reconocer que no son autóctonos sino gente venida de otro lugar, que partió de la
mítica Aztlán en una peregrinación heroica que los condujo hasta la nueva
Aztlán, México-Tenochtitlan.11 Al instalarse, se transformaron y adquirieron las
características de los pueblos sedentarios y las comunidades agrícolas y urbanas
en cuyo seno buscaron echar raíces a toda costa; lo contrario, de alguna manera,
de esa gente a punto de embarcarse hacia el otro extremo del mundo que serán
los españoles y los portugueses. Los mexicas gastaron tantas energías en dotarse
de unas raíces locales que no poseían que quisieron “reescribir” el pasado o
arraigarse en la isla de México, a los lagos y las tierras del valle. La construcción
del Gran Templo, ombilicus mundi, da pruebas de la manera más espectacular de
la búsqueda de profundidad histórica y de la vinculación física y metafísica con
el centro del mundo. O sea, los mexicas y sus aliados son los recién llegados al
altiplano y a la historia. Por lo demás, ése también es el caso de los Ming, cuyo
arribo al poder se sitúa cerca de medio siglo después de la fundación de MéxicoTenochtitlan. Se comprende que los nuevos señores coincidan en apropiarse de
la herencia de los que los antecedieron, Song, Yuan o toltecas.
Los sacerdotes y los dirigentes nahuas saben exagerar con un propósito
específico los rasgos que los separan de lo que ya no quieren ser. La civilización,
tal como la conciben, está expresamente ligada a la herencia de la legendaria
Tula y a la creatividad de sus habitantes, los toltecas, “pintores, autores de
códices, escultores”, talladores de la madera y la piedra, constructores de
ciudades y palacios, maestros artesanos de la pluma y la cerámica.12 Miguel

León-Portilla creyó reconocer en la palabra toltecayotl el equivalente de lo que
los europeos llamamos “civilización”, un concepto en el que se reflejan las artes
y los saberes provenientes de los tiempos antiguos y del altiplano; pero los
señores de la Triple Alianza también saben que ellos vienen del norte y que
tienen un pasado de privaciones, migraciones y vagabundeo, cuando todavía
eran únicamente chichimecas.13 En el siglo XVI, bajo la influencia de la mirada
europea, el término chichimeca llegará a ser sinónimo de saqueador, nómada y
bárbaro, de indio primitivo vestido con pieles de animales y reducido, para
sobrevivir, a cazar entre los cactos.
Así pues, existe un contraste muy claro entre el “bárbaro” y el “civilizado”,
pero se expresa en términos muy diferentes que en China o en Europa, porque en
México al “civilizado” se lo exhibe como un antiguo “bárbaro”. ¿No fueron los
primeros emigrantes chichimecas los que se fusionaron con los nonoalcas para
fundar Tula, la ciudad —o, si se prefiere, la civilización— por excelencia?

EL MAR
Para los chinos, el mar había sido desde hacía mucho tiempo el dominio de las
islas de los Inmortales. La costa siempre ha estado sembrada de islas
consagradas a las divinidades, como la isla de Putuoshan, frente a Zhejiang, al
sur de Hangzhou, donde residía, se dice, el bodhisattva Guanyin, o la isla de
Meizhou, frente a Fujian, donde se veneraba a Mazu, la emperatriz del Cielo;14
pero ya hace siglos, incluso milenios, desde que los “mares del sur” dejaron de
ser un dominio desconocido e infranqueable, para convertirse en una zona de
intenso tráfico con el Asia del sudeste.
Desde hace mucho tiempo, las costas han estado muy animadas. Al menos
desde los Han (220-206 antes de nuestra era) se construyen en ellas grandes
juncos; y también se recibe a embajadas tributarias y comerciales venidas de
todos los países de la región. Desde el siglo IV afluyen mercaderes extranjeros
cada vez más numerosos y, pronto, monjes budistas desembarcados de la India y
el Asia del sudeste, que propagan sus ideas y creencias en el sur de China. Bajo
la dinastía Tang, con el establecimiento de relaciones directas con el golfo
Pérsico y el mar Rojo, la costa meridional acoge a los mercaderes del Asia

occidental, que se establecen de manera permanente e introducen el islam.
Impulsados por los vientos del monzón, las naves de los recién llegados arriban a
Guangzhou (Cantón), que experimenta entonces un gran desarrollo. En 684 y
758 esos contactos sin precedentes provocan incidentes con las autoridades
locales en los que se ven implicados algunos “persas y árabes”, a los que se
acusa de perturbar el orden público. En esa época se instalan algunas
comunidades de mercaderes extranjeros en Yangzhou y Guangzhou, donde los
musulmanes son ya muy numerosos desde finales del siglo IX. El islam no es la
única religión que llama a la puerta: la costa china se abre también a los
maniqueos, a los cristianos nestorianos, a los adeptos del brahmanismo y, en el
siglo XIII, el catolicismo romano hace su primera aparición. En los siglos XIII y
XIV el litoral, visitado por gentes de lenguas, etnias y creencias diferentes,
adquiere visos cosmopolitas. El Fujian meridional es incluso tan próspero que se
ha podido afirmar que, en el siglo XIV, el puerto de Quanzhou (Zaytun en árabe)
es a la China marítima lo que será Shangai en los años treinta y Hong Kong en
los años ochenta del siglo XX.15 Por lo demás, es a un mercader judío de Italia,
Jacob de Ancona, a quien debemos una fascinante descripción de ese puerto que
trafica con toda el Asia del sudeste.
En consecuencia, sería sorprendente que los propios chinos no hubiesen
aprovechado esa circulación para salir a alta mar, traficar con Corea y el Asia del
sudeste y alimentar una diáspora cada vez más numerosa. En ese contexto tienen
lugar las famosas expediciones de principios del siglo XV que emprenden las
rutas marítimas establecidas desde siglos antes y visitan las costas de Arabia y
África oriental. En los siglos XIV y XV la importancia del tráfico comercial incita
al imperio de los Ming a estrechar su control sobre los intercambios comerciales
asignando a ciertos puertos el monopolio de las relaciones marítimas.
Oficialmente, todo debe pasar por la mediación de las embajadas tributarias, a
las que se fija la frecuencia, la composición y el itinerario marítimo y terrestre.
Se establecen oficinas, que son cerradas o desplazadas al capricho de las épocas,
sin que, por lo demás, se logren encauzar realmente las relaciones con el
exterior.16 Los portugueses que lleguen a China encontrarán en ella
interlocutores habituados desde siglos antes a tratar con extranjeros y una
administración resuelta a filtrar sistemáticamente todo lo que proviene de los
mares del sur.

Al mismo tiempo, las numerosas islas de la costa atraen a los
contrabandistas, los forajidos y los piratas que provocan al poder imperial:
cuanto más afirma con toda claridad el Imperio su voluntad de impedir el tráfico
comercial privado, tanto más florecen las actividades clandestinas y
depredadoras. Esa zona sin ley es reputada por su barbarie y sus crueldades.17
También es un universo que los portugueses aprenderán a conocer y al que
sabrán aclimatarse muy rápidamente.
En Mesoamérica, la circulación es en esencia terrestre. En la vertiente
marítima, no hay ninguna flota ni, mucho menos, embarcaciones que puedan
bogar en alta mar, de no ser, entre los mayas, grandes barcas capaces de
dedicarse a cierto cabotaje tropical. Frente a la China de las redes marítimas, los
puertos, las flotas imperiales, los guardacostas y los funcionarios aduanales,
asimismo ante la China de los contrabandistas, esa Mesoamérica rodeada de
mares casi vacíos da la impresión de encontrarse en otro planeta. Tan diferentes
de los chinos, que han dado vuelta a la página de los grandes viajes sin olvidar
los logros, como de los ibéricos, que entonces descubren sus atractivos, sus
ganancias y sus riesgos, los mesoamericanos no esperan nada de las aguas que
los rodean; ni siquiera porque, a principios del siglo XVI, algunos objetos
arrojados por el mar sobre las costas deben de haber intrigado a los indios:
En este medio tiempo trajeron a Moteczumatzin una caja de ropa de españoles, que debió ser de algún
navío que dio al través en la Mar del Norte en la cual hallaron una espada e ciertos anillos y otras joyas
y ropa de vestir; e Moteczuma dio ciertas joyas de éstas a los señores de Tezcuco y de Tlacuba, e
porque no se alteransen, díjoles que sus antepasados las habían fejado encubiertas y muy guardadas, y
que ellos las toviesen en mucha reverencia.18

Parece ser que el señor de México prefirió ocultar la información por temor a
alimentar especulaciones sobre el anunciado fin de su reinado; pero el texto fue
redactado mucho después de la Conquista, cuando ya se habían hecho rodar los
dados. Los antiguos mexicanos no podían imaginar que las esmeraldas oleadas
del agua divina les reservaban el más imprevisto de los destinos.

UNA HISTORIA YA DECIDIDA

Hoy en día parece evidente que, frente a la expansión europea, México no daba
la talla, mientras que China tenía todo para rechazar a los invasores venidos del
mar; pero esa certidumbre nos viene de nuestro conocimiento del devenir de las
cosas y de las interpretaciones a posteriori que obstruyen nuestros recuerdos.
Ese México de más de 20 millones de seres humanos, sin hierro, sin máquinas y
sin escritura, ¿estaba destinado a la aniquilación a manos de unos cuantos miles
de españoles? Los mexicas, que entonces estaban en su apogeo, ¿escrutaban
febrilmente el mar del oriente en busca de las señales que les augurarían un
rápido ocaso? También es absurdo imaginar que los españoles se preparaban
conscientemente para la conquista de México, un territorio de cuya existencia no
tenían la menor idea.
¿Qué se puede retener de ese breve resumen de lo acaecido? Ante todo, la
diversidad de seres, cosas y situaciones que tanto los portugueses como los
españoles descubrirían en los mismos años. ¿A qué se reducen esos
descubrimientos? En el momento del contacto, los ibéricos no contaban con
ningún medio para penetrar la naturaleza de las sociedades encontradas, si acaso
nosotros lo tenemos en el presente; pero a ellos les corresponderá, y durante
mucho tiempo a ningún otro europeo, observar, describir y comprender los
mundos que encontraron repentinamente al alcance de sus manos. No un mundo,
sino varios mundos a la vez. De ahí que debamos convencernos de una vez por
todas de que el interrogarse sobre el europeo frente al otro o sobre el otro frente
al europeo no es nada más que un ejercicio académico que enturbia
irremediablemente lo que se tramó entre los ibéricos y el resto del mundo en el
siglo XVI. Debido a que estos últimos tuvieron que jugar en una multiplicidad de
tableros —americanos, asiáticos, africanos, musulmanes— y, por ende, tuvieron
que hacer frente a una plétora de alteridades (aunque no siempre experimentadas
forzosamente como tales), contribuyeron a sentar las bases de la mundialización
que entonces se esbozaba. Al mismo tiempo, emprendieron el camino de la
modernidad, de una modernidad descentrada, edificada fuera de Europa,
sometida a la prueba de otras civilizaciones. No se trata de saber si
comprendieron o no a esos que tenían frente a ellos (como si, una vez más,
hubiese una verdad por descubrir en alguna parte, y como si nosotros
estuviésemos mejor situados para hacerlo hoy en día), sino de darse cuenta de
los medios de que supieron echar mano en todas partes para entrar en contacto

con unas humanidades que les eran desconocidas, aunque después, cada vez que
pudieron, las redujesen a su merced.
Parece ser que, en el decenio de 1510-1519, en el corazón del valle de
México, una avalancha de señales y prodigios preocupantes siembra la
inquietud, mantiene en jaque el poder de Moctezuma y anuncia llegadas
siniestras. En la misma época, los cielos de la Europa occidental están
igualmente turbios: las fantásticas batallas nocturnas que causan horror en las
campañas de Bérgamo en 1517 harán correr ríos de tinta.19
El cielo de China no está más calmo. Durante los seis primeros años del
reino del emperador Zhengde, los dragones han perdonado al Imperio celeste,
pero, a partir del verano de 1512, sus visitas comienzan a multiplicarse. Surge
primero un dragón rojo, brillante como el fuego; después, el 7 de julio de 1517,
nueve dragones negros vuelan por sobre el río Huái, “por el lugar donde
atraviesa el Gran Canal”. Un año después, tres dragones que arrojan fuego
surcan el cielo sobre el delta del río Yangtsé; aspiran dos docenas de juncos,
sembrando el pánico y causando un número incalculable de víctimas. Once
meses más tarde, estalla sobre el lago Poyang un combate de dragones como
nunca antes se ha visto desde 1368, cuando la dinastía mongola se derrumbó. En
China, las visitas de dragones son sucesos de mal augurio: denuncian a un
emperador indigno, una política desastrosa y presagian catástrofes; las
apariciones proliferan cuando la dinastía vacila y ya no es capaz de asumir
correctamente el mandato del Cielo.
Como puede verse, ni América ni Europa tienen entonces el monopolio de
los prodigios celestes. Las sociedades del globo, grandes o pequeñas, tienen un
hábito tan exagerado de asociarlos con los tiempos de crisis como para que se
pueda imaginar algo más que meras coincidencias entre lo que ven los chinos,
los antiguos mexicanos y los europeos; pero todos esos portentos pertenecen a
mundos que se ignoran. En los albores del siglo XVI, los cielos, al igual que las
civilizaciones, están todavía estrechamente compartimentados.20

III. COMO LA TIERRA ES REDONDA…
DESDE el año 1515, los colonizadores españoles de Cuba dirigen la mirada hacia
las vastas tierras que parecen existir al poniente y al sur de su isla. La primera
expedición hacia las costas de México se remonta a 1517; la tercera, la de
Hernán Cortés, zarpa en 1519. Después de una guerra agotadora pero victoriosa,
la conquista se salda el 13 de agosto de 1521 con la toma de la ciudad de
México-Tenochtitlan y el derrumbamiento de la dominación de los mexicas.
México caerá bajo la dominación europea; y el resto del continente seguirá. El
Nuevo Mundo —las Américas latina, francesa, holandesa o anglosajona— será
durante mucho tiempo presa de los países europeos que lo han conquistado,
colonizado y occidentalizado.
Los primeros contactos seguidos entre portugueses y chinos comienzan hacia
1511 en Malaca, donde opera una importante colonia de inmigrantes del Imperio
celeste. En cuanto a la aparición de los portugueses en las costas de China, se
remonta al menos al año 1513 y se confirma en el transcurso de los dos años
siguientes. En junio de 1517 una embajada portuguesa, embarcada en ocho
navíos, zarpa de Malaca hacia Cantón, donde permanece hasta enero de 1520,
antes de emprender la ruta de Pekín: es la primera misión diplomática que una
potencia europea despacha al Imperio del Medio. En mayo arriba a Nanking,
para después, en el transcurso del verano, alcanzar la corte imperial en Pekín.
Sin embargo, la embajada fracasa y sus miembros son arrojados en prisión. Las
autoridades chinas no se contentan con dar con la puerta en las narices a esos
intrusos, a los que consideran una banda de espías y ladrones con intenciones
agresivas: los eliminan físicamente. A partir de entonces, China logrará hacer
frente a los europeos hasta mediados del siglo XIX; sin duda alguna, no escapará
a las invasiones extranjeras, manchúes, japonesas u occidentales, pero, a
diferencia de la India o del resto de Asia, nunca se dejará colonizar.

HISTORIAS PARALELAS
¿Por qué no equiparar esas historias paralelas en las que se escriben los destinos
divergentes de inmensas porciones del globo, la América india y China?1 En los
hechos se desprende algo más que un simple paralelismo. Si bien los
desembarcos de los ibéricos sobre las costas mexicanas y chinas no constituyen
una operación concertada, su coincidencia no es puramente efecto del azar. Los
dos acontecimientos corresponden a una dinámica común: en el siglo XVI varias
partes del mundo entran en contacto con los europeos. Entonces se esbozan unos
procesos que sólo es posible aprehender a escala global. En retrospectiva,
parecen haber sido irreversibles y se imponen como las primicias de la
unificación del globo, que se fecha, muy anacrónicamente, a finales del siglo XX.
Distantes en el espacio pero sincrónicos y, a la vez, simétricos y
complementarios, esos acontecimientos han escapado a generaciones de
historiadores tributarios de las divisiones historiográficas y geográficas
heredadas del siglo XIX, extrañamente todavía en vigor en nuestros días.
Con todo, basta poner frente a frente esas historias para que surjan
dimensiones del paisaje intercontinental que se despliega en el siglo XVI con la
entrada en escena de dos nuevas potencias europeas, Castilla y Portugal, las
cuales, merced a un avance fulgurante sobre los mares del globo, son obligadas a
trabar contacto con unos mundos de los que ignoran todo o casi todo. Los
choques y las colisiones que pronto resultan de ello son frecuentemente
mortíferos. Se pueden explicar mediante el propósito consciente de dominar el
planeta o por medio de una “lógica” imperialista y occidental que habría
empujado irresistiblemente a los ibéricos —a esos para los que “el mundo no
tenía ni término ni fin”—2 a dar la vuelta a la tierra; pero esa visión unilateral
pasa por alto el hecho de que se necesitan al menos dos para que haya un
encuentro. Las modalidades del contacto, la intensidad de los choques y sus
repercusiones son diferentes según el lugar y los socios: el estremecimiento no
es el mismo en México que en China, aun cuando de cada lado reúna a seres y
fuerzas que en modo alguno han recibido la preparación necesaria para el
enfrentamiento.

HISTORIAS CONECTADAS O LA CARRERA A LAS MOLUCAS
Ahora bien, hay un hilo aún más directo que une esas historias paralelas: las
“islas de las Especias”, que reúnen, en los confines del Asia del sudeste, las islas
Banda y el archipiélago de las Molucas (Maluku, en indonesio). En las islas
Banda crecen la nuez moscada y la macis, mientras que Ternate y Tidore
cultivan el clavo. Las especias, buscadas tanto por los chinos como por los
europeos, son objeto de un tráfico mundial que rinde beneficios colosales y pone
en movimiento cadenas comerciales del Asia del sudeste al Mediterráneo de
Alejandría y Venecia. Portugueses y castellanos, convencidos de que poseen los
medios marítimos para apoderarse de las islas de las Especias y, por lo tanto,
para evitar a los innumerables intermediarios de ese fabuloso negocio, se lanzan
a una carrera que coge al mundo entre tenazas, unos por Oriente, los otros por
Occidente.
En 1493 el Tratado de Tordesillas había repartido el mundo en dos mitades
iguales entre Castilla y Portugal. La línea que dividía el océano Atlántico de un
polo al otro era fácilmente perceptible, pero la que dividía la otra cara del globo,
el antimeridiano, era tan imprecisa como virtual. ¿Pertenecía el archipiélago por
derecho a los portugueses o se encontraba en la mitad que correspondía a
Castilla? Los dos campos van, pues, a enfrentarse —primero diplomáticamente,
después, por interpósitas personas: pilotos, marinos y soldados— en torno a una
frontera de demarcación incierta, situada al otro lado de la tierra. Lo que está en
juego es el control de las especias que las islas Banda y las Molucas producen en
abundancia.3
Los portugueses, dueños de la ruta del Cabo de Buena Esperanza, son los
primeros en acercarse a la meta y, después, en alcanzarla. En 1505 el rey Manuel
alienta la continuación de los descobrimentos en dirección de Malaca y, al año
siguiente, preocupado por precaverse contra la amenaza castellana —el Nuevo
Mundo parece tan cercano—, exige que se construya una fortaleza en el lugar o
en las cercanías; pero es imposible frecuentar la región sin inquietarse por esos
mercaderes tan emprendedores a los que llaman chinos y de los que Marco Polo
no había hecho mención alguna. En 1508, impaciente, el rey le exige a Diogo
Lopes de Sequeira que se informe sobre esos chinos. Se afirma que algunos
portugueses se cruzaron con ellos al norte de Sumatra, donde recibieron el

ofrecimiento de porcelana china.4 Al año siguiente, en julio de 1509, en Malaca,
la flota portuguesa se encuentra cara a cara con unos juncos chinos, aunque todo
transcurre bien: se invitan a cenar y se hace un intercambio de preguntas sobre
sus países respectivos. El encuentro arroja como resultado, sin duda valioso, la
primera descripción física de los chinos. El contacto se ha hecho y la atmósfera
es relajada. Visiblemente, los chinos no son musulmanes, pero ¿son realmente
cristianos, como lo creen por un momento los portugueses?
En 1511 los soldados y los marinos de Lisboa le arrebatan Malaca al sultán
Mahmud Shah; así, el puerto se convierte en una base indispensable para el
avance de los portugueses en el Asia oriental. Malaca alberga en la época
numerosas comunidades de mercaderes; los nuevos señores se alían a los
tamules y los keligs de la ciudad, pero hacen huir a los miembros de la
comunidad gujerati.5 Aunque rechazan las ofertas de colaboración de los chinos,
establecen contactos con la comunidad de mercaderes que se han arraigado en el
gran puerto; y, en 1512, uno de sus representantes se embarca para Lisboa. Ese
mismo año, un viaje proyectado a China fracasa, mientras que, a partir de esa
fecha, los portugueses abordan las Molucas y las islas Banda. La meta ha sido
alcanzada del lado portugués.
Por su parte, los castellanos no pierden toda esperanza de echarle mano a las
especias. En 1512 el rey Fernando el Católico decide enviar al portugués João
Díaz de Solís tras las huellas de sus compatriotas: debe navegar hasta las
Molucas, tomar posesión de ellas y fijar, de una buena vez, la posición de la
línea de Tordesillas, “que a partir de entonces estará claramente establecida y
será perpetuamente conocida”. En el programa: Ceilán, Sumatra, Pegu y, por qué
no, el “país de los chinos y los juncos”.6 Según parece, en la época circula en
Castilla un mapa que sitúa Malaca, las islas de las Especias y la costa China del
buen lado y, por lo tanto, del lado español.7 Así, incluso antes de que se tenga la
menor idea de la existencia de México, algunos castellanos han puesto la mira en
China. Pero el proyecto exaspera a Lisboa: Manuel de Portugal se encoleriza y,
finalmente, la expedición de Solís no se lleva a cabo. ¿Abandona Castilla, no
obstante, el combate? En 1515 Fernando le ordena al propio Solís que zarpe en
busca de un pasaje entre el océano Atlántico y el mar que Balboa acaba de
descubrir en septiembre de 1513, ese mar del sur al que se bautizará como

océano Pacífico. ¡Mala suerte! Río de la Plata no sólo no es la puerta tan
esperada al Asia, sino que João Díaz de Solís termina en la barriga de los indios.
Resta que, como la tierra es redonda, los portugueses saben que todo
esfuerzo español por avanzar hacia el poniente terminará un día u otro por
llevarlos al Lejano Oriente. Por ello, buscan, por todos los medios y lo más
pronto posible, consolidar su presencia en el mar de China y en las Molucas. Tal
es el propósito de la embajada que, en 1515, Manuel decide despachar a Pekín.
Los portugueses de Malaca no han perdido su tiempo: en 1512 una carta
menciona los preparativos de un viaje a China, abortado a causa de la oposición
de los intermediarios musulmanes, que tienen la intención de obstruir la ruta de
Cantón.8 En mayo de 1513 Jorge Álvarez hace erigir una estela de piedra o
padrão en la costa china; dos años después, un primo portugués de Cristóbal
Colón, Rafael Perestrello, zarpa de Malaca “para descubrir China” y desembarca
en Cantón; y, tres años más tarde, regresa a Lisboa, cerrando así el primer viaje
de ida y vuelta entre Portugal y China.
Castilla todavía no ha dicho su última palabra. En 1518 otro navegante
portugués pasa al servicio del enemigo: Fernando de Magallanes retoma el
proyecto de Solís de llegar a las Molucas siguiendo la ruta del poniente.9 Es un
buen conocedor de la región. Vivió varios años en el Asia portuguesa y participó
en la conquista de Malaca y en la exploración del archipiélago de la Sonda. En
1519 la escala que hace Magallanes en el Brasil duplica los temores de Lisboa:
esta vez, se llegará al océano Pacífico, para después cruzarlo de oriente a
occidente.
Por lo demás, los portugueses tienen un tema más que suscita inquietud y
que hoy en día parece muy absurdo: el descubrimiento de nuevas tierras entre las
Antillas y Asia podría hacer que se cerniese otra amenaza que ya se puede ver en
los globos terrestres, ya sean los que concibe Johannes Schöner en 1515 y 1520,
donde se muestra un mar Pacífico ridículamente pequeño, ya sean aquellos otros,
fabricados en la década de 1520, que unen América Central con Asia.10 Y la
idea, en sí falsa, de esa supuesta proximidad sobrevivirá incluso al fracaso de
Gómez de Espinoza, ese navegante que tratará, sin lograrlo, de atravesar el
océano Pacífico e incorporarse a las Antillas con uno de los navíos de la flota de
Magallanes.11

En consecuencia, es un poco difícil disociar los propósitos portugueses sobre
el Asia del sudeste o las empresas castellanas en el Nuevo Mundo de la
conquista de las islas de las Especias. Es la cuestión de las Molucas lo que
moviliza a las coronas de Castilla y Portugal, con sus apuestas planetarias, sus
perspectivas de riquezas inagotables y su conjunto de rivalidades infernales.
México, en cuanto tal, todavía está en el limbo, mientras que China ya se perfila
en el horizonte. Uno de los cronistas de la expedición de Magallanes,
Maximiliano de Transilvania, lo expresa con todas sus letras: “Nuestra nave
atravesó todo el occidente, pasó por debajo de nuestro hemisferio y después
penetró en oriente, para volver enseguida a occidente”.12
La proeza, superior a la de los argonautas, termina por dejar de lado el
objetivo principal del viaje, que era tomar posesión de las islas de las Especias y
establecerse en la parte más extrema de Asia, lo cual significaba también
acercarse a China. Eso es lo que da a entender, desde España, el cronista Pietro
Martire d’Anghiera (Pedro Mártir de Anglería): “Los españoles siguieron al sol
poniente, como los portugueses habían seguido al sol levante, y arribaron al este
de las islas Molucas, que no están muy lejos del país donde Ptolomeo sitúa la
península de Cattigara y el Gran Golfo, la puerta abierta para llegar a China”.13

EL ANTECEDENTE COLOMBINO
No basta con poner las empresas portuguesas y castellanas en la perspectiva de
la carrera por las especias. La iniciativa de Lisboa de hacer contacto con China
no puede dejar de evocar uno de los tópicos de la epopeya de Cristóbal Colón: su
imperioso deseo de llegar a Asia. Se olvida muy rápidamente que la
continuación oceánica dada a la reconquista de España nunca fue la conquista de
América, sino la búsqueda de un pasaje a Asia. Como lo recuerda el memorial de
la Mejorada, los Reyes Católicos habían encargado a Cristóbal Colón “buscar y
descubrir las Indias, las islas y las tierras firmes del Lejano Oriente, navegando
de España hacia el poniente”.14
Eso es precisamente lo que inquieta e indigna al rey de Portugal; tanto más
cuanto que, en la mente de Colón, el espacio situado allende el Cabo de Buena
Esperanza y que va del océano Índico a las islas que ha descubierto pertenece

por pleno derecho a la Corona de Castilla.15 De alguna manera, para Castilla, el
poniente era Asia: un mundo muy lejano, pero que obsesionaba al imaginario
mediterráneo desde la Antigüedad y que, se sabía, era muy real. La idea estaba
tan arraigada entre los europeos que la América española conservaría su nombre
de “Indias Occidentales” hasta el siglo XIX; y, todavía en la actualidad, los
indígenas del continente, de la Patagonia hasta Canadá, son, para nosotros,
indios. América comenzó por ser un accidente y un obstáculo en la carrera de
España hacia el Oriente, y la tarea del historiador es hacer comprender que su
“invención”; es decir, la manera como todos nosotros la hemos imaginado
progresivamente, es tan indisociable de nuestra relación con Asia como de
nuestra relación con el islam.16

IV. ¿EL SALTO A LO DESCONOCIDO?
¿QUÉ SE sabe en Europa de la China de Zhengde y del México de Moctezuma en
los primeros años del siglo XVI? A decir verdad, nada, a pesar de que, desde hace
algún tiempo, los portugueses visitan las costas de la India y los españoles
circulan por el mar Caribe. Ni China ni México forman parte todavía de los
horizontes europeos. ¿Se lanzan nuestros ibéricos en cada ocasión a lo
desconocido, al vacío? ¿Prefigura ese salto la propensión europea a interesarse,
sea lo que fuere que pudiera costar, en las terrae incognitae?
La metáfora del salto es seductora pero engañosa, porque no toma en
consideración el estado de ánimo y las prácticas de nuestros navegantes. Éstos
no singlan hacia lo desconocido. Desde principios del siglo XV, los portugueses
se han embarcado en la construcción progresiva y durante mucho tiempo
tentativa de una talasocracia que sus experiencias marítimas y los saberes que
han recogido aquí y allá balizan. Así, han logrado avanzar un buen trecho al unir
África y, después, el océano Índico con Lisboa y con Europa. Desde entonces,
los marinos portugueses engullen las distancias a una velocidad sin precedentes:
habiendo desembarcado en la India en 1498, se encuentran en Malaca en 1511,
alcanzan las Molucas al año siguiente y China en 1513. Todo ello habría sido
imposible e inconcebible sin la explotación de las rutas comerciales y las redes
de información que cuadriculan desde hace siglos el Lejano Oriente. Habiendo
llegado a ser maestros en el arte de acumular y, más todavía, en el de recuperar
los conocimientos, los portugueses no avanzan nunca por aguas desconocidas.
De los castellanos, que están lejos de tener la experiencia de sus vecinos,
también se supone que saben a dónde van. Vista desde los puertos de Andalucía,
la China de Marco Polo, el Catay, se eleva al poniente.

EL CATAY DE MARCO POLO

Los portugueses no ignoran nada de la obra del veneciano, de la que se
conservaba una copia en latín en la biblioteca del rey Duarte (1433-1438); pero
es en la segunda mitad del siglo XV cuando su influencia se manifiesta más
directamente. Hacia 1457-1459 el mapa que dibuja el camaldulense veneciano
fra Mauro para el rey Alfonso V de Portugal debe mucho a la obra del
explorador, sobre todo los nombres de las ciudades y provincias chinas:
Canbalech, Quinsay, Zaiton (Zaitun), Mangi, Catay y Zimpagu (Cipango, es
decir, el Japón). Años más tarde, una carta del médico Paolo del Pozzo
Toscanelli, que era el astrónomo de la ciudad de Florencia, dirigida al canónigo
de Lisboa, Fernão Martins, hará correr ríos de tinta.1 En junio de 1474 el
florentino le explica a su corresponsal que es posible llegar a las Indias
atravesando el océano Atlántico; le envía un mapa con sus comentarios,
mencionando un puerto de una prosperidad inaudita donde descargan enormes
cargamentos de especias. Grandes multitudes pueblan la comarca; el príncipe
que la gobierna se llama el Gran Khan y sus palacios se yerguen en la provincia
de Catay. Todo ello, parece ser, lo habría escuchado Toscanelli de boca de una
embajada que había ido a encontrarse con el papa Eugenio IV. Según el mapa,
Quinsay se sitúa en la provincia de Mangi, cerca de Catay, y su nombre significa
“ciudad del cielo”. El sabio florentino también le comunica cifras, como la
distancia entre Lisboa y la “muy grande ciudad de Quinsay”: 26 espacios
marcados en el mapa, cada uno de una longitud de alrededor de 402 kilómetros.
“De la isla de Antilla [que se supone que se encuentra en el centro del océano
Atlántico], que usted conoce, a la muy noble isla de Cipango, se cuentan diez
espacios.” Toda esa información, transmitida al canónigo de Lisboa y, por su
intermediación, al rey Alfonso V de Portugal, provenía del texto de Marco Polo.
Sin duda, las expectativas creadas por Marco Polo circulan con mayor
velocidad que su obra, poco accesible a los lectores de la península ibérica
durante mucho tiempo; y los efectos más espectaculares se observan en Castilla:
en 1492, para el primer viaje de Cristóbal Colón, se reclutará a los marinos
seduciéndolos mediante la esperanza de que irán a descubrir un país en el que las
casas tienen techos de oro; un buen golpe de publicidad inspirado en Il Milione.2
Pero ¿qué relación se puede establecer entre el genovés y el veneciano?
En la actualidad, ya no se cree que Colón haya leído a Marco Polo antes de
zarpar hacia el Nuevo Mundo. Como es probable, sus conocimientos se

limitaban entonces a lo que decía la famosa carta de Toscanelli; y sólo a partir de
la primavera de 1498 se zambullirá en Il Milione, aprovechando un ejemplar que
le habría enviado el mercader de Bristol, John Day.3 El caso es que la silueta del
Gran Khan se yergue constantemente ante los ojos de Colón, como ante los de la
reina Isabel, que le entrega al genovés unas cartas credenciales que deberá
presentar al rey de reyes y a otros señores de la India.
Todo lo que Colón ve y descubre es interpretado, y él no es el único que lo
hace, a la luz de los datos proporcionados por el mapa de Toscanelli; o, más
exactamente, el genovés no descubre nada: reconoce, encuentra, y su última
expedición se presenta todavía como una empresa de etapas programadas. En el
transcurso del primer viaje, no habiendo avistado tierra aún en el horizonte, el
genovés se imagina que ya pasó de largo sin ver Cipango y juzga preferible
hacer proa directamente hacia tierra firme hasta la “ciudad de Quinsay, para
entregar las cartas credenciales de Su Alteza al Gran Khan, solicitar una
respuesta y volver con ella”.4 Proa, entonces, hacia el continente asiático.
En un primer momento, le parece que la isla de Cuba es Cipango; después
piensa que es “la tierra firme y los reinos del Gran Khan o sus confines”,5 y que
se ha de encontrar delante de Zaitun y Quinsay, a “cien leguas más o menos de
una y otra”. Colón despacha a tierra a un embajador, Rodrigo de Xerez, y a un
cristiano converso, Luis de Torres, que sabe hebreo y caldeo, con la misión de
encontrarse con el Gran Khan. La embajada, compuesta también por dos indios,
debe dirigirse “de parte del rey y la reina de Castilla” al señor de la comarca,
ofrecerle presentes y amistad y, por supuesto, informarse sobre “ciertas
provincias, puertos y ríos de los que el Almirante tenía conocimiento”. Colón no
delira; los habitantes de Caniba, de los que le hablan los indios de la Española,
no son otros que “el pueblo del Gran Khan, que debía estar cerca de allá”,6 y no
ceja. Después de su segundo viaje, Colón sitúa el puerto chino de Zaitun
(Quanzhou), célebre debido a Marco Polo, a la altura del cabo Alfa y Omega
(Punta de Maisi, en el extremo oriental de Cuba), considerado por él como el
término de Occidente y el comienzo de Oriente.7 El Nuevo Mundo de Colón se
construye en la sombra de China.
Los mapas de la época confirman esa visión del mundo, ya que se obstinan
en representar las mismas lejanías. En el mapamundi (1489 o 1490) de Henricus
Martellus Germanicus (Enrique Martelo Germano), conservado en la Biblioteca

Británica, se observa Ciamba (Champa), Mangi, Quinsay y Catay, considerada
como una ciudad en él; y, en el llamado de Yale (1489) se muestra Cipango a 90°
al oeste de las islas Canarias, mientras que Lisboa está situada a 105° de
Cipango y a 135° de Quinsay. Tal es la visión del espacio que se puede tener en
un taller florentino en la víspera del primer viaje de Cristóbal Colón. En 1492
Martin Behaim (de Núremberg) hace un globo, basándose probablemente en
diferentes versiones de la obra de Marco Polo, para el que calcula que no más de
130° separan a Europa de Asia, y sitúa Cipango a 25° de la tierra de Mangi, es
decir, de China.8
A pesar de los ataques de que era objeto desde hacía mucho tiempo, la obra
de Marco Polo seguía imponiéndose a los europeos. Era normal que fuese
accesible a los que sentían que eran los primeros afectados por los escritos del
veneciano. En 1502 un alemán de Moravia instalado en Lisboa desde hacía siete
años (en 1495), tras una breve estancia en Sevilla (en 1493), traduce Il Milione
para el lector portugués poco familiarizado con